Real Madrid (0-4) FC Barcelona

Segunda, 23 Novembro 2015


Luis Enrique había confesado en la previa que últimamente duerme como los ángeles. Ayer volvió a hacerlo, y a pierna suelta. Su Barça escribió otro capítulo portento soy colosal en la historia de los Clásicos.Comoaquel0-3 de Ronaldinho o como aquel 2-6 del año del primer triplete. No es fácil jugarle al Madrid en su casa y menos, degradarle hasta la burla y el ridículo, pero repitió el gustazo. La pelota siempre da la razón al mejor y penaliza las malas artes de los jugadores que no quieren hacerlo, como algunos del Real. Un festival goleador que hunde a los blancos, les aleja seis puntos, estruja a Benítez, cuestionado, sin crédito y muy tocado, y pone en la picota por primera vez y de forma sonora a su presidente, Florentino Pérez.

Un morrocotudo repaso sin Messi de titular pero con Luis Suárez, que logró un doblete, y Neymar, que volvió a marcar. Semanas cavilando un once con y sin el argentino y a Luis Enrique le dio por todo lo contrario a las sospechas generalizadas. Messi en el banquillo, Rakitic en el once y Sergi Roberto como falso extremo. Vestido de líder, no hacía falta forzar a Leo. El mismo molde utilizado durante su ausencia e igual juego imperecedero, mágico, sin economizar esfuerzos, presionando desde el primer minuto. El Real Madrid, en cambio, sí apostó por la BBC de entrada y fue un desastre colosal. Benzema por un Casemiro hasta ahora señalado como el equilibrio, más CR7 y Bale, como quería Floren. Un equipo preparado para morder, como los capitanes le habían exigido a Benítez en una supuesta reunión, y que acabó mordido.

El Barça tuvo de todo desde el inicio. Cautivador y estilista en el control, pausa en la cabeza para presionar y sabiduría y magia para ver puerta. No le costó filtrar el balón entre la espesura táctica blanca ni tampoco desprecintar el marcador. Fue a los diez minutos, después de una oleada de toques y posesión: 38 del Barça en 105 segundos de rondo. Sergi Roberto metió un pase interior a Luis Suárez, que pinchó el balón para tumbar la portería. Siete goles en cinco partidos.

Andrés y Bravo, mágicos.
El marcador de cara y el Madrid en contra de sí mismo. Había que frotarse los ojos para comprender el guión. El fútbol gravitaba en torno a un Iniesta mágico, con el resto de jugadores desplegándose a su lado como una manada. A la defensa blanca le tiritaban las piernas. Nosabía qué hacer ni cómo frenarles. Los pitos iban en aumento, mientras el Barça hilvanaba otro paseo. Media hora después, Luis Suárez robó otro balón, para que Iniesta habilitara a Neymar que marcó por debajo del cuerpo de Keylor Navas. Los silbidos eran ya una tormenta imparable. Pudo caer el tercero pero el remate del uruguayo a pase de Ney lo sacó Marcelo en la boca de gol. Daba igual. El coliseo blanco había dictado sentencia.

Era un Madrid vulgar, deshilachado, alejado de un fútbol con criterio. Desmejorado y envejecido. Más un buscavidas desesperado que un equipo de marca. Su actitud, además, era soporífera, al ralentí. Un juego inconexo, sin capacidad para cocinar ocasiones, salvo los chuts de James, que encrespó al público. Los silbidos a Piqué se trasladaron a sus propios jugadores. El 0-2 del descanso provocó una pañolada espectacular, impensable y los gritos de “Florentino, dimisión”.

En la reanudación parecía que el Madrid iba a poner un punto de amor propio. Y lo probó durante un puñado de minutos, tiempo para que Marcelo chutara sin mirilla y James, con más acierto pero sin efectividad. Pero todo fue un espejismo. El Madrid se deshizo aún más e Iniesta, como hace dos años, les taladró. Se fue ovacionado. Un cañonazo desde la frontal que se incrustó por la escuadra. Era el 0-3 y los pañuelos y los pitos volvieron a aparecer. La sinfonía continuaba.

A CR7 no le salía nada y se enfurruñó, incapaz de invertir la trama. Más aún cuando vio a Messi pidiendo entrar en el campo. Fue su rendición y la de un Madrid que no sabía cómo parar el vendaval. El festival seguía y los culés soñaban con otra goleada. Con Leo era más que posible. Más baile de toque. CR7 tuvo sus vías de gol pero Bravo le birló la honra. Prodigioso de 10. Angustiado, el Madrid se desplomó, enseñando la bandera blanca. Su objetivo, a partir de entonces, era minimizar el ridículo. Cayó el cuarto, también obra de Luis Suárez, tras una pared con Alba y un toque sutil. El Barça quería más. Se ha acostumbrado al dígito cinco y buscó la manita. Pudo haberla si se hubiera pitado un penalti de Ramos y si Munir hubiera dejado pasar el balón para que rematara Piqué. Daba igual. El himno tapó la pitada pero no la pañolada. Isco se la evitó por su roja directa.

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  • Fonte: Mundo Deportivo

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