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Difícilmente el juego del Barça sería lo mismo sin él
La renovación de Dani Alves es la primera gran decisión deportiva que afronta la actual junta directiva del FC Barcelona. Obviamente inquieta más la de Guardiola, pero perder al brasileño también tendría repercusiones sobre el juego del Barça que van más allá de cambiar una simple pieza. La negociación está bloqueada. El futbolista esgrime una mareante oferta económica del Manchester City y el club expone su escala salarial como un marco inamovible. Y la escala dicta que Alves no se puede equiparar a Xavi, Iniesta y Villa, pero sobre todo impide que se sitúe por encima del tercer escalón, en una decisión lógica si se quiere evitar que Puyol, Valdés y Piqué llamen a la puerta de Zubizarreta al segundo siguiente de satisfacer las pretensiones de Alves. El argumento del club es indiscutible desde el punto de vista del equilibrio económico institucional, pero futbolísticamente es un planteamiento arriesgado. Dani Alves no es un lateral a secas. Se trata de un futbolista único, la llegada del cual coincidió con el salto de calidad de un equipo que es inabordable precisamente por la cantidad de recursos que posee. Individualmente, el brasileño no es un crack: no desequilibra como Messi, no marca goles como Villa, ni hilvana el juego como Xavi e Iniesta. Puede que ni siquiera sea el mejor lateral del mundo, pero es tres futbolistas en uno; colectivamente, una pieza tan clave como cualquiera de las mencionadas anteriormente para el equilibrio de esta Barça delicioso. Y eso sin entrar a valorar el coste que tendría su posible recambio. Messi aparte, no hay futbolistas imprescindibles, pero sí hay jugadores de los que difícilmente el Barça puede prescindir. Nada que ver, por ejemplo, con Yaya Touré, que ni siquiera era titular. Sí es el caso de Piqué, un defensa que aparentemente no marca diferencias pero cuya presencia consigue que el balón llegue a los artistas más rápido y limpio de lo que lo haría con cualquier otro. Pues lo mismo con Alves, quien por su despliegue físico y su intensidad proporciona superioridad numérica en cada línea a medida que el juego avanza y cuyas internadas por la banda sorprenden y distraen a las defensas rivales. No hay otro como él y difícilmente el Barça sería lo mismo sin él. Incluso su teórico suplente, Adriano, admite que no puede suplantarle porque sus facultades son inigualables. Por todo lo expuesto, no se entiende que la última oferta que presentó el club a Alves sea casi idéntica a la penúltima. Es evidente que el jugador no puede aspirar a las cifras que supuestamente le ofrecen en Inglaterra, pero sí es legítimo que espere un último esfuerzo, un gesto que vaya más allá del miniplus que supondría un anuncio de bebidas refrescantes. El club se planta, y está en su derecho, pero no conviene que el caso se enquiste, ni llevar la negociación –como sucedió con Valdés– al punto peligrosísimo que convierte al jugador en un pesetero si no acepta la oferta. Pues no. Alves es un profesional que defiende lo suyo igual que el Barça vela por su equilibrio económico. Tampoco es buena idea mirarse al ombligo con la cantinela de lo feliz que será aquí y lo infeliz que sería en otra parte a pesar de ganar más dinero. Puede que sólo sea una sensación, pero Alves parecía feliz en Sevilla –donde, por cierto, ya ganó títulos–, ha sido y es feliz en Barcelona y podría serlo en cualquier otra parte mientras pueda jugar a fútbol. Sin duda desde el desconocimiento de cómo se gestiona un club con las dificultades económicas del Barça, uno esperaba que la inyección de Qatar Foundation sirviera para resolver situaciones como esta, en las que el dinero sí puede dar la felicidad. La de Dani Alves y la de una minúscula minoría –lo admito– que prioriza el aspecto futbolístico por encima del económico.

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